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 El parque 

Jesús J. Cuenca 15/02/2026

EL PROGRESO DECIDIÓ MUDARSE DE BARRIO Cuando el viejo jardín de la ciudad empezó a parecer viejo de verdad —no venerable, no histórico, no románticamente decadente, sino sencillamente descuidado— alguien concluyó que había llegado la hora de “saltar hacia delante”. 

Durante décadas se había hablado de él como “el pulmón verde de la ciudad”. Un pulmón curioso: sin bronquios, con los alveolos compactados y con respiración asistida por riegos intermitentes. Pero pulmón, al fin y al cabo. Lo había sido, en realidad, cuando todavía conservaba algo de aquel diseño burgués de principios del siglo XX: senderos curvos pensados para pasear despacio, macizos que protegían las raíces, una fuente que refrescaba el aire sin necesidad de etiquetas climáticas. Aquel jardín antiguo no era perfecto, pero tenía estructura, sombra densa y memoria. 

El jardinero de antaño —ese que conocía a cada árbol por su historia y no por su número de inventario— entendía que un magnolio no es mobiliario urbano y que un seto necesita algo más que una motosierra optimista. Luego vinieron los tiempos prácticos. Se simplificaron parterres porque “complicaban el mantenimiento”. Se sustituyeron masas arbustivas por césped porque “daba sensación de amplitud”. Se podó con entusiasmo terapéutico para “reducir riesgos”. Y cada decisión, pequeña y razonable en apariencia, fue dejando el jardín más plano, más expuesto, más frágil. Cuando comenzaron a caer árboles —unos por sequía, otros por hongos, otros por puro agotamiento— la palabra “histórico” empezó a incomodar. Porque lo histórico exige conservación. Y conservar implica reconocer que algo se ha hecho mal. Como, quizás, lo fue solicitar su declaración de BIC. Así que mientras los almeces sufrían podas severas “por seguridad” y el suelo se compactaba bajo eventos multitudinarios, comenzó a gestarse el gran proyecto. —La ciudad necesita un corredor verde resiliente y adaptado al cambio climático —se proclamó con entusiasmo técnico.

Y el “Biobulevar Climático” apareció en pantallas luminosas: kilómetros de pavimento drenante, pérgolas fotovoltaicas, nebulizadores, carriles bici, espacios multifuncionales y árboles jóvenes perfectamente alineados, como soldados vegetales listos para la foto inaugural. —Será el gran pulmón del siglo XXI. Curiosamente, nadie explicó por qué los pulmones del XX estaban quedándose sin aire. En el viejo jardín, el ciprés centenario escuchaba la noticia con una mezcla de ironía y cansancio. —Interesante estrategia —susurró al plátano menguado—. Cuando no sabes cuidar un jardín, construyes otro más lejos. Porque esa era la verdadera pirueta: no se trataba de transformar los espacios verdes, sino de desplazar la atención. 

Mientras el nuevo proyecto concentraba presupuestos, titulares y visitas institucionales, los 1 antiguos jardines entraban en una discreta hibernación presupuestaria. Lo urgente se volvió lo nuevo. Lo existente pasó a ser “herencia complicada”. Los vecinos empezaron a peregrinar hacia el solar del futuro biobulevar, atraídos por las promesas de innovación climática. Y, poco a poco, dejaron de reclamar la restauración de senderos originales, la recuperación de parterres históricos o el cuidado estructural de árboles veteranos. —Decían con sensatez contable: “no podemos invertir en todo”. Y así, sin necesidad de talas espectaculares, el viejo jardín fue perdiendo densidad, sombra y autoestima. Cada árbol caído era “irrecuperable”. Cada arreglo aplazado, “no prioritario”. Cada rincón deteriorado, una prueba más de que “necesitaba una transformación profunda” que, por supuesto, ya no estaba prevista allí. 

 

En 2026, el Biobulevar Climático avanzaba con maquinaria eficiente y discursos sostenibles. Y el antiguo jardín, aún en pie, pero cada vez más ralo, parecía observar desde la distancia su propia sustitución simbólica. Porque saltar hacia delante tiene esa virtud estratégica: convierte el abandono en preludio y el descuido en argumento. Se inaugura el futuro mientras el pasado se desgasta en silencio. El viejo ciprés, obstinado, dejó caer una piña sobre el sendero agrietado y murmuró con ironía vegetal: no hay proyecto más ambicioso que aquel que permite olvidar lo que no se quiso mantener. Y el viento, atravesando las copas cada vez más dispersas, añadió una conclusión sencilla: un nuevo pulmón no compensa a los que se dejaron de cuidar. 

 —¡Despierta, papá! Estamos en 2040. ¿Qué decías del Parque de la Alquería? Si ya apenas quedan cuatro árboles allí. —Anda, que te saco a dar un paseo en tu nueva “gacheto-silla” por el biobulevar. Verás que fresquito se está allí. Es el único lugar de la ciudad donde se puede estar. 

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