Translate

Bulevar José Rodríguez de la Borbolla: cuando mantener también puede ser una forma de deteriorar

Esta es ya la tercera entrega de nuestro recorrido por los grandes bulevares de Entrenúcleos. Y, como toda buena trilogía que se precie, tendrá una cuarta entrega. No porque nos haya sobrado material —que tampoco—, sino porque todavía queda por construir el cuarto bulevar y, naturalmente, habrá que esperar a ver qué nos depara cuando llegue el momento. Quién sabe: quizá para entonces hayamos aprendido algunas cosas de los tres anteriores y podamos comprobar si estas enseñanzas se incorporan al siguiente capítulo.

Hasta ahora, el hilo argumental ha sido bastante sencillo: recorrer los bulevares a pie y mirar lo que realmente ocurre sobre el terreno, más allá de lo que puedan sugerir los planos, las memorias de los proyectos o las etiquetas con las que después calificamos estos espacios. En Manuel Clavero Arévalo nos fijamos especialmente en la relación entre diseño, vegetación, riego y espacio disponible para los árboles; en Felipe González Márquez seguimos avanzando por esa misma senda para preguntarnos hasta qué punto un gran espacio ajardinado puede considerarse realmente una infraestructura bioclimática. Y ahora llegamos al Bulevar José Rodríguez de la Borbolla, donde el paseo nos ha llevado a mirar hacia abajo, concretamente hacia el lugar donde los árboles empiezan: su cuello y la base de sus troncos.

Hay varias maneras, bastante sencillas, de comprobar cómo se mantiene una zona verde. Una de las más reveladoras consiste en dejar de mirar el conjunto —que siempre luce mejor a cierta distancia— y detener la mirada en los árboles. No en sus copas, ni en la alineación general, ni siquiera en si el césped está perfectamente segado. Basta con bajar la mirada hacia la base de los troncos.

En el Bulevar José Rodríguez de la Borbolla, esa observación más cercana ofrece una imagen bastante menos amable que la que proporciona una visión general del espacio: una buena parte de los árboles presenta daños en la base y el cuello del tronco producidos por las desbrozadoras de hilo utilizadas para mantener el césped.


El problema resulta especialmente evidente en la doble alineación situada en el flanco oeste, donde jacarandas y brachichitos rojos se distribuyen sobre una amplia banda de césped, aunque resulta similar entre las tipuanas situadas sobre otros parterres de césped. La mayor parte de los ejemplares presenta marcas y cortes en la base de los troncos y, en conjunto, el aspecto del arbolado resulta difícil de calificar como satisfactorio. No hablamos de alguna lesión puntual fruto de un descuido ocasional. La impresión que produce el recorrido es la de un daño repetido y generalizado, consecuencia de una forma de mantenimiento que parece no haber previsto suficientemente la protección de los árboles frente a la maquinaria.

La escena resulta todavía más llamativa cuando se observa lo que queda de las jacarandas. En numerosos puntos, los ejemplares han desaparecido y únicamente permanecen los restos de los tocones. Allí donde debería existir una alineación arbolada que con el tiempo proporcionase sombra y estructura al paseo, encontramos espacios vacíos y testimonios de árboles que no llegaron a consolidarse. No sería riguroso atribuir su muerte exclusivamente a las heridas provocadas por las desbrozadoras sin disponer de un diagnóstico individualizado, pero tampoco parece razonable ignorar que las lesiones repetidas en el cuello del árbol constituyen un factor de deterioro que debe evitarse, especialmente cuando afectan a numerosos ejemplares.

Y aquí aparece una primera paradoja. El bulevar fue concebido como un gran espacio urbano con zonas verdes, paseos, áreas de estancia y equipamientos. Sin embargo, una parte de los árboles que deberían contribuir a construir ese paisaje vegetal parece haber quedado atrapada en una dinámica bastante menos ambiciosa: plantar, segar, desbrozar y volver a empezar. El árbol, entretanto, intenta sobrevivir.

El hilo de una desbrozadora no es precisamente una herramienta de poda de precisión. Cuando entra en contacto con la corteza puede provocar heridas que, si se repiten, terminan afectando seriamente no solo a los tejidos protectores del tronco, sino también a los generativos (cambium) y conductores de savia elaborada (floema). En ejemplares jóvenes, además, una lesión aparentemente pequeña puede representar una proporción importante de su perímetro. La corteza no es un elemento ornamental que pueda sustituirse cuando se deteriora. Es una barrera de protección y su pérdida obliga al árbol a activar mecanismos de defensa y compartimentación.


Por eso la cuestión no debería reducirse a pedir al operario que “tenga cuidado”. El problema empieza antes, en la propia concepción del mantenimiento. Si para conservar el césped hay que acercar periódicamente una máquina a pocos centímetros de cada tronco, existe un riesgo inevitable de contacto. Y si ese contacto se repite durante años, deja de ser una posibilidad y se convierte en una práctica de deterioro.

La solución tampoco es complicada: una corona de suelo libre alrededor del árbol, suficientemente amplia; acolchado orgánico o mineral; una cubierta vegetal compatible o, simplemente, una superficie cuyo mantenimiento no requiera aproximar una desbrozadora al tronco. Son soluciones habituales en jardinería. Lo que resulta poco razonable es mantener el césped hasta la corteza y después considerar que el problema consiste exclusivamente en que el trabajador no debe tocarla.

El recorrido permite encontrar además otros detalles que hablan de una conservación poco afinada. En algunos ejemplares adultos siguen instalados los tutores utilizados durante su plantación. Su función original era proporcionar estabilidad mientras los árboles jóvenes desarrollaban un sistema radicular capaz de sostenerlos. Una vez alcanzada la madurez, deberían retirarse. Encontrarlos todavía junto a árboles adultos transmite una sensación bastante gráfica: parece que alguien colocó los tutores y después simplemente se olvidó de ellos.


El tutor, como la desbrozadora, no es malo en sí mismo. Lo que resulta cuestionable es mantenerlo cuando ya no cumple ninguna función y puede incluso terminar interfiriendo con el crecimiento del árbol. La arboricultura urbana exige acompañar al árbol durante sus distintas fases de desarrollo, no limitarse a instalarlo y esperar que el tiempo haga el resto.

Algo parecido ocurre con las pérgolas metálicas distribuidas en algunos puntos del bulevar. En sus bases se han plantado madreselva y bignonia blanca, especies trepadoras perfectamente capaces, en condiciones adecuadas, de cubrir estructuras de este tipo. Sin embargo, la realidad ofrece otra imagen: la gran mayoría de las plantas no han conseguido alcanzar la zona horizontal superior de las pérgolas y permanecen todavía “escalando” por los postes verticales. La estructura está ahí, preparada para proporcionar sombra; la vegetación, en cambio, todavía no ha conseguido ocuparla.

Puede parecer un detalle menor, pero vuelve a plantear la misma cuestión: una infraestructura verde no funciona simplemente porque hayamos colocado plantas y estructuras en el mismo lugar. Hace falta que exista una relación adecuada entre diseño, especies, volumen de suelo, riego, mantenimiento, crecimiento previsto y función final.


Y esta última palabra es importante: previsto. Porque un árbol no debería plantarse únicamente pensando en su aspecto el día de la plantación. Hay que pensar en su tamaño adulto, en el volumen de suelo que necesitará, en el agua disponible, en el espacio aéreo, en las labores de mantenimiento y en la función que deberá desempeñar cuando alcance la madurez. Lo mismo ocurre con una trepadora y una pérgola: si queremos sombra sobre la estructura horizontal, debemos garantizar que la planta pueda llegar hasta ella y que el sistema de conducción y mantenimiento acompañe ese crecimiento.

En 2023, el Ayuntamiento valoró específicamente la conservación del Bulevar José Rodríguez de la Borbolla Camoyán en 140.114,44 euros anuales, dentro de la ampliación del servicio municipal de mantenimiento de zonas verdes (*). Es una cifra que invita a formular una pregunta bastante sencilla: ¿qué entendemos exactamente por conservar una zona verde?

Porque conservar no debería consistir únicamente en que el césped esté segado, los bordes perfilados y las superficies aparentemente limpias. Conservar significa mantener vivos y en condiciones adecuadas los elementos vegetales que justifican que ese espacio sea una zona verde. Y un árbol necesita mucho más que agua y una poda ocasional: necesita que no lo lesionemos durante el mantenimiento, que no mantengamos indefinidamente elementos que ya no necesita y que le proporcionemos unas condiciones que permitan su desarrollo.

La contradicción resulta evidente. Se habla cada vez más de infraestructura verde, adaptación climática, sombra, confort térmico y renaturalización urbana. Pero mientras tanto podemos encontrar árboles dañados en su base, alineaciones en las que ya han desaparecido ejemplares, tutores que permanecen junto a árboles adultos y pérgolas cuya vegetación todavía no ha conseguido cumplir la función para la que fue plantada.

Plantamos árboles pensando en los próximos treinta años y después los mantenemos pensando en la próxima siega. Y quizá ahí esté el verdadero problema. El mantenimiento no debería ser la fase secundaria que comienza cuando termina la obra. En una infraestructura verde, mantenimiento y diseño forman parte de la misma operación. Si uno contradice al otro, el resultado termina siendo una colección de elementos vegetales que pueden estar correctamente plantados sobre el plano, pero que difícilmente llegan a funcionar como sistema.

El Bulevar José Rodríguez de la Borbolla tiene superficie, árboles, césped, pérgolas, juegos infantiles, instalaciones caninas y espacios estanciales y deportivos. Sobre el papel, todos los ingredientes necesarios para construir un espacio verde de calidad. Pero cuando uno se acerca a los árboles y observa sus troncos, los huecos dejados por las jacarandas desaparecidas, los tutores que sobreviven a los ejemplares jóvenes y las trepadoras que todavía no han conquistado las pérgolas, la imagen cambia.

Y quizá la enseñanza que nos brinda este tercer recorrido sea tan sencilla como incómoda: una zona verde no se conserva manteniendo verde el suelo. Se conserva haciendo posible que los árboles crezcan, que las plantas cumplan su función y que el conjunto mejore con el tiempo. Porque si después de varios años necesitamos proteger a los árboles de las máquinas que vienen a mantenerlos, retirar restos de ejemplares muertos y preguntarnos para qué siguen colocados algunos tutores, quizá el problema no esté en que la vegetación no haya entendido el proyecto. Tal vez sea el proyecto de mantenimiento el que todavía no haya entendido del todo a la vegetación.

Jesús Cuenca (Biólogo)

22/09/2026

(*)   https://www.doshermanas.es/export/sites/ayto-dos-hermanas/Ayuntamiento/.galleries/DOCUMENTOS-ActasJGL/2023/Febrero/ACTA-07-JGL-24-02-2023.pdf?utm_source=chatgpt.com

 

BULEVAR MANUEL CLAVERO ARÉVALO: MUCHO MÁS QUE PLANTAR ÁRBOLES


El bulevar Manuel Clavero Arévalo no es una actuación aislada, sino una de las piezas del gran entramado viario y paisajístico de Entrenúcleos. Su importancia se entiende mejor ahora que la nueva plaza elevada de la glorieta central, situada a unos 8,5 metros sobre la cota de la calle y con 17.207 m² de superficie, se encuentra próxima a su puesta en servicio (1). En este punto confluyen cuatro de los grandes bulevares del nuevo desarrollo —Felipe González, Rafael Escuredo, Manuel Clavero Arévalo y José Rodríguez de la Borbolla y Camoyán—, conectados mediante pasarelas peatonales. Estamos, por tanto, ante un espacio que forma parte de una infraestructura urbana de considerable escala y que ha requerido inversiones públicas importantes; solo la primera fase de la plaza y sus aparcamientos supuso una inversión de más de 10,1 millones de euros. Precisamente por eso, cuando analizamos el arbolado del bulevar no deberíamos conformarnos con comprobar si los árboles sobreviven o si el césped presenta buen aspecto. Una actuación de esta magnitud debería evaluarse también por la calidad de su diseño vegetal, la eficiencia del riego, el espacio reservado a las raíces y, sobre todo, por su capacidad para prestar servicios ambientales durante las próximas décadas.

Pero hagamos un poco de memoria. El bulevar Manuel Clavero Arévalo, en Entrenúcleos, corresponde al tramo V-86 del Plan Parcial SEN-1 “Entrenúcleos” y su urbanización fue recibida por el Ayuntamiento en 2015. (2) No estamos, por tanto, ante un pequeño jardín de barrio resuelto con cuatro árboles y una manguera: hablamos de una infraestructura urbana concebida, ejecutada y posteriormente mantenida con una inversión que necesariamente incorpora movimiento de tierras, pavimentación, instalaciones de riego, alumbrado, jardinería, arbolado y redes de servicios. Precisamente por ello, los problemas que empiezan a manifestarse en el arbolado no deberían contemplarse como simples incidencias de mantenimiento.


Grosso modo, el diseño del conjunto combina una sucesión de siete parterres de césped que ocupan una superficie total aproximada de 11.200 m², con olivos distribuidos en su interior, y un paseo lateral flanqueado por dos alineaciones de tipuanas (Tipuana tipu). El resultado tiene indudable presencia paisajística, pero desde una perspectiva de jardinería urbana sostenible plantea una cuestión fundamental: ¿se ha diseñado el espacio pensando en las necesidades reales de las plantas y en el desarrollo que tendrán los árboles cuando alcancen la madurez?

Olivos sobre césped: posible no significa óptimo

El problema de los olivos no es que estén plantados en césped. Un olivo puede convivir perfectamente con una pradera si las condiciones de suelo, riego y mantenimiento son adecuadas. La cuestión es que el césped y el olivo responden a estrategias de mantenimiento muy diferentes.

En este caso, la pradera se mantiene mediante riego por aspersión, un sistema perfectamente adecuado para una superficie extensa de césped. El problema aparece cuando, dentro de esa misma superficie, se incorporan árboles mediterráneos con unas necesidades hídricas considerablemente menores. El diseño puede funcionar, pero implica mantener con riego una superficie en la que conviven especies con requerimientos de agua muy diferentes.

A ello se añade otro aspecto que no debería pasarse por alto: el efecto directo de los chorros de los aspersores sobre los troncos. Una aportación continua de humedad sobre la base y la corteza de los árboles no es precisamente la situación más recomendable y puede favorecer problemas sanitarios, especialmente si el tronco permanece mojado de forma habitual.

Una alternativa más racional sería mantener el césped donde realmente tenga una función paisajística o estancial y concentrar mayoritariamente los olivos en determinados sectores, acompañándolos de especies mediterráneas con requerimientos hídricos semejantes. Así se podría establecer una auténtica hidrozonificación y reducir la dependencia de la pradera como elemento dominante.

También podría mantenerse algún olivo aislado dentro del césped, pero en esos casos sería aconsejable disponer alrededor del árbol de una corona de tierra libre de césped, suficiente para reducir la competencia radicular y evitar que las labores de siega o desbroce lleguen directamente al tronco. No se trata de convertir cada olivo en una isla; se trata de reconocer que el árbol necesita un espacio propio.

Las tipuanas: el verdadero capital arbóreo del paseo


La situación de las tipuanas resulta más preocupante porque son precisamente ellas las que están proporcionando la sombra estructural del paseo. Sus copas han alcanzado un desarrollo importante y generan un ambiente mucho más favorable para el peatón que el que proporcionan los olivos de la pradera.

Sin embargo, el sistema de riego de estas alineaciones ha quedado inutilizado y actualmente los árboles tienen que ser regados a chorro con una manguera. Puede entenderse como una solución provisional, pero resulta difícil justificar que una alineación de árboles adultos integrada en una actuación urbana de esta entidad dependa de semejante procedimiento como sistema ordinario de mantenimiento.

Además, los alcorques muestran otro problema: raíces de considerable diámetro aflorando en
superficie y raíces que se desarrollan alrededor de la base de los troncos
. No sería técnicamente serio diagnosticar únicamente mediante simples observaciones que se trata de raíces estrangulantes, pero la repetición de este fenómeno en los ejemplares sí justifica una inspección específica del sistema radicular.

Y aquí conviene mirar más allá del alcorque. Los árboles han crecido y sus raíces están utilizando el espacio que encuentran disponible. Cuando ese espacio está limitado por pavimentos, capas compactadas o un volumen insuficiente de suelo útil, el conflicto termina apareciendo en superficie. La cuestión no es que las tipuanas “tengan malas raíces”: la cuestión es si se les proporcionó desde el principio el volumen de suelo que necesita un árbol de ese porte.

El argumento del pavimento permeable no resuelve el problema

Es previsible que se pueda alegar que el paseo está ejecutado con adoquines permeables y que, por tanto, el agua puede infiltrarse y llegar a las raíces. Pero la permeabilidad superficial de un pavimento no garantiza por sí misma que exista un adecuado espacio radicular.

Para que esa solución funcione deben estar correctamente resueltas también las capas inferiores, la continuidad del suelo, su grado de compactación, el drenaje y el volumen de tierra realmente disponible para las raíces. Un pavimento permeable no convierte automáticamente el subsuelo en un suelo adecuado para un árbol adulto.

Por eso, ante las raíces que estamos observando, la pregunta relevante no debería ser simplemente si el adoquín es permeable, sino cuánto suelo útil tienen las tipuanas, qué calidad presenta y cómo está conectado ese volumen con el entorno radicular.

Una inversión urbana no debería terminar en una manguera

Aquí está, probablemente, la cuestión de fondo. La propia documentación municipal confirma que en 2017 fue necesario acometer una actuación específica para mejorar la eficiencia del sistema de riego de los bulevares Felipe González Márquez y Manuel Clavero Arévalo, con un importe de 15.012,28 euros IVA incluido, debido al mal funcionamiento del sistema existente (3).

Ese dato resulta especialmente ilustrativo: el riego ya había requerido una actuación específica de mejora y, años después, parte del sistema destinado a las tipuanas ha quedado inutilizado.

No tiene demasiado sentido gastar recursos en una infraestructura verde y valorar después su éxito únicamente porque el día de la inauguración el césped está verde y los árboles tienen buen aspecto. El coste real de un espacio verde urbano no termina con la obra: continúa durante décadas mediante riego, poda, reposición, siega, conservación del pavimento y gestión del arbolado.

Por eso, en el Bulevar Manuel Clavero Arévalo habría sido razonable que el diseño, la instalación y el mantenimiento se hubieran concebido como un único sistema. Olivos y césped deberían gestionarse según sus necesidades respectivas; las tipuanas deberían disponer de un sistema de riego fiable y de un volumen de suelo acorde con su desarrollo; y las raíces que ya están manifestando conflictos deberían estudiarse antes de que obliguen a intervenir sobre el pavimento o sobre el propio árbol.

En definitiva, no se trata de criticar que haya olivos, césped o tipuanas. Se trata de exigir que una actuación urbana de esta escala esté a la altura de la inversión realizada y de las necesidades de un arbolado que debería permanecer allí muchas décadas.

Porque resulta bastante difícil hablar de planificación de infraestructura verde cuando el césped tiene aspersores, los árboles que proporcionan la sombra se riegan con una manguera y sus raíces están intentando encontrar espacio entre los adoquines.

Y quizá convenga recordar algo tan elemental como olvidado: el árbol no termina en la superficie que vemos. Una parte fundamental del árbol está debajo del suelo. Si el proyecto no reserva espacio suficiente para las raíces, tarde o temprano será el árbol quien presente la factura.

Jesús Cuenca (Biólogo)

12/09/2026

Referencias:

(1)   https://periodicolasemana.es/2026/149778/es-noticia/la-nueva-plaza-en-altura-de-entrenucleos-abrira-en-los-proximos-meses/

(2)   https://www.doshermanas.es/noticias/notas-de-prensa/PRINCIPALES-ACUERDOS-APROBADOS-POR-LA-JUNTA-DE-GOBIERNO-LOCAL-DE-16-DE-OCTUBRE/?utm_source=chatgpt.com

(3)   https://www.doshermanas.es/noticias/notas-de-prensa/PRINCIPALES-ACUERDOS-APROBADOS-POR-LA-JUNTA-DE-GOBIERNO-LOCAL-DE-17-DE-NOVIEMBRE/?utm_source=chatgpt.com

 


BULEVAR FELIPE GONZÁLEZ MÁRQUEZ: ¿BIOCLIMÁTICO O SIMPLEMENTE UN BULEVAR?

Seguimos recorriendo los grandes bulevares de Entrenúcleos. Después del Manuel Clavero Arévalo, le toca ahora al Felipe González Márquez, uno de los ejes que confluyen en la futura plaza elevada central. Lo recorrimos siguiendo su franja ajardinada, entre las dos calzadas laterales.

Hay árboles, césped, caminos, zonas concebidas para el descanso y el uso estancial y mobiliario. En principio, todo lo necesario para hacer de él un espacio público amable. Hasta que uno decide recorrerlo bajo el sol para comprobar también las condiciones reales en las que se desarrolla su uso. Al finalizar el trayecto, después de soportar un calor considerable, surgió una pregunta bastante sencilla: ¿estamos realmente ante un bulevar concebido con criterios bioclimáticos o ante un bulevar al que, además de árboles, césped y riego, se le ha añadido el calificativo de “bioclimático”?

Porque una cosa es llamar bioclimático al bulevar y otra bastante distinta es comprobar qué ocurre cuando aparece el clima. En Dos Hermanas, el calor no es una visita inesperada: forma parte de las condiciones ambientales durante buena parte del año. Si hablamos, por tanto, de diseño bioclimático, habría que preguntarse qué condiciones ofrece el espacio cuando el clima deja de colaborar.

Y aquí aparece El Pensador, la escultura situada en el centro del bulevar: un hombre sentado ante un tablero de ajedrez, estudiando su próxima jugada. La ubicación resulta casi providencial. Pocas cosas necesitan tanta previsión como un árbol urbano.

Precisamente, el bulevar incorpora zonas concebidas para el descanso y el uso estancial. Algunos grandes parterres de césped presentan incluso ondulaciones del terreno que permiten utilizarlos como lugares informales de descanso. La idea parece buena. Solo falta un pequeño detalle: la sombra.

Porque poner un banco no significa necesariamente que resulte atractivo sentarse en él. Y en una ciudad como esta, durante buena parte del año, hay una diferencia considerable entre disponer de un lugar para sentarse y disponer de un espacio realmente apto para permanecer en él.


Tampoco basta con plantar árboles y esperar que aparezca mágicamente una sombra. Lo relevante desde el punto de vista bioclimático es la cobertura de copa, la intercepción de la radiación solar, la evapotranspiración y la capacidad real de la vegetación para mejorar el confort térmico. Dicho de forma menos técnica: no se trata de contar árboles, sino de conseguir que hagan algo más que estar ahí.

Y cuando se observa el arbolado con algo más de detenimiento, aparecen algunas cuestiones que, cuanto menos, no pasan desapercibidas para quien se detiene a mirarlas con atención. Así, en el flanco este se alternan brachichitos rojos, laureles de Indias e higueras herrumbrosas, sobre un tapiz de césped. Sus diferentes pautas de crecimiento, comportamiento y adaptación han producido alineaciones poco homogéneas y una cobertura de copa desigual. El brachichito rojo presenta además un comportamiento poco satisfactorio en determinados puntos del bulevar, algo que también se observa en su flanco oeste.

No se trata de condenar una especie. Sería demasiado sencillo. Se trata de recordar algo bastante más elemental: un árbol no se selecciona porque quepa en el proyecto, sino porque pueda vivir y desarrollarse adecuadamente en el lugar de plantación. Suelo, disponibilidad hídrica, exposición, temperatura, espacio radicular, tamaño adulto y mantenimiento deberían formar parte de la ecuación.


Porque seleccionar árboles urbanos pensando únicamente en cómo quedan cuando se plantan tiene una pequeña desventaja: los árboles tienen la desagradable costumbre de crecer y utilizar todo el espacio que necesitan, aunque el proyecto haya reservado menos. El espacio que necesitan no termina en la superficie visible del alcorque. Sus copas necesitan espacio hacia arriba y sus raíces hacia abajo y alrededor.

Algo parecido puede observarse en el flanco oeste, donde encontramos dobles alineaciones con tipuanas, brachichitos rojos, moreras ‘Fruitless’, acacias de Constantinopla, laureles de Indias y cipreses. Una diversidad considerable, aunque juntar muchas especies distintas no convierte automáticamente el conjunto en un buen diseño. En algunos tramos ya aparecen raíces aflorando y conflictos con los elementos construidos, algo que también encontramos en el Manuel Clavero Arévalo.

Y si seguimos avanzando llegamos a los grandes parterres centrales, donde la cuestión se vuelve todavía más interesante. En ellos encontramos principalmente olivos, además de un número reducido de ejemplares de fresno, jacaranda, falso pimentero, pimentero de Brasil y morera ‘Fruitless’. Paisajísticamente, la combinación de árboles y grandes superficies verdes puede resultar atractiva. Hidrológicamente, la conversación cambia.

El césped tiene unas necesidades hídricas elevadas durante los periodos de mayor demanda evaporativa, mientras que las especies arbóreas presentan necesidades, estrategias y tolerancias a la sequía muy diferentes. Pueden convivir, naturalmente. También pueden convivir un coche y una bicicleta en una misma calle. La cuestión es si hemos diseñado el espacio para que ambos funcionen de la manera más eficiente posible.

Cuando se pretende hablar de adaptación climática y eficiencia hídrica, quizá convendría agrupar especies con requerimientos semejantes, utilizar cubiertas vegetales de menor consumo, recurrir al acolchado y reservar alrededor de los árboles espacios de suelo permeable y funcional.

Aquí aparece otra pequeña paradoja: si para mantener verde el espacio es necesario regarlo con mucha más frecuencia de la que necesitan los árboles plantados en él, quizá el problema no sea la falta de agua, sino haber elegido una cubierta vegetal cuyas necesidades hídricas no encajan con las de la vegetación que la acompaña.

Y surge una pregunta todavía más sencilla: ¿estamos regando el árbol o estamos regando el césped que tiene árboles dentro?

La cuestión del agua nos lleva, inevitablemente, a la gestión de toda esta infraestructura verde. Estamos hablando de una actuación urbana de considerable entidad. La plaza central ocupa unos 17.207 m² y la primera fase, con aparcamientos, plaza elevada y conexiones peatonales, supone una inversión millonaria: de momento, unos 10,1 millones de euros. Por otro lado, el propio inventario municipal asigna al bulevar partidas de espacios libres e infraestructuras cuyo valor contable conjunto supera 1,45 millones de euros (*).

El riego tampoco ha sido precisamente un asunto menor. Entre 2015 y 2017 se realizaron actuaciones sobre las redes, la conexión del pozo con el aljibe y el sistema de control. Estas intervenciones posteriores representaron conjuntamente unos 29.000 euros, sin incluir la instalación original. (*)

Mantener y reparar una infraestructura es necesario. Pero hay algo todavía más útil: aprender de ella.

Porque el tiempo tiene una virtud que no tienen los planos ni las infografías: permite comprobar qué funciona. Hoy podemos observar qué especies responden mejor, dónde falta sombra, dónde aparecen conflictos radiculares y qué superficies necesitan más agua. Es información que debería servir para adaptar la gestión y, sobre todo, para mejorar los próximos proyectos.


Y volvemos así a El Pensador, que continúa sentado frente a su tablero. En ajedrez no basta con mirar dónde están las piezas. Hay que anticipar dónde estarán después. Con los árboles debería suceder exactamente lo mismo.

Antes de plantarlos habría que pensar dónde estarán sus copas dentro de veinte años, cuánto espacio necesitarán sus raíces, qué agua demandarán, qué sombra proporcionarán y cómo convivirán con pavimentos, césped y demás vegetación.

Y habría que imaginar una escena bastante poco académica: una persona recorriendo el bulevar un día de agosto, a las cuatro de la tarde.

Un biobulevar o bulevar bioclimático no debería ser simplemente un bulevar con árboles, césped y riego. Debería utilizar la vegetación como infraestructura ambiental para mejorar el confort térmico y las condiciones de uso del espacio público. Llamarlo bioclimático es relativamente fácil. Conseguir que alguien quiera recorrerlo cuando aprieta el calor requiere algo más.

Y quizá esa sea precisamente la lección que nos ofrece El Pensador: los árboles, como las partidas de ajedrez, conviene pensarlos varias jugadas antes de plantarlos.

Jesús Cuenca (Biólogo)

16/09/2026

(*) Los datos se han obtenido de la Sede Electrónica del Ayuntamiento de Dos Hermanas.

El metro cuadrado que nunca estuvo allí (Jesús Cuenca)

 EL METRO CUADRADO QUE NUNCA ESTUVO ALLÍ 

    


 En Dos Hermanas hay un dato que goza de una salud envidiable. Aparece en memorias, informes y documentos oficiales con la seguridad de quien no espera ser contradicho. Es el número de metros cuadrados de zonas verdes por habitante. Primero fueron 11,7. Después 16,4. Más tarde aparecieron 22,5. Las cifras cambian, pero el mensaje permanece inalterable: la ciudad parece cada vez más verde.

     Lo curioso es que, mientras el dato evoluciona con sorprendente facilidad, resulta mucho más complicado responder a una pregunta bastante más sencilla: ¿qué patrimonio verde mantiene exactamente el Ayuntamiento? Cuántos jardines existen, cuántos árboles los integran, qué superficies de césped se riegan, cuál es su estado de conservación o qué elementos requieren una intervención prioritaria. En definitiva, cuál es el inventario técnico que justifica los millones de euros destinados cada año a su conservación. 

     Y es ahí donde aparece el verdadero protagonista de esta historia: el Metro Cuadrado Estadístico. Una criatura singular que no crece en los parques, sino en los informes; que cambia de tamaño según el documento que se consulte y que posee una virtud extraordinaria: puede medirse con aparente precisión incluso cuando resulta mucho más difícil conocer el patrimonio real al que dice representar.     

    Mientras tanto, los vecinos recorren una ciudad donde conviven parques consolidados con barrios en los que la sombra sigue siendo un proyecto de futuro. Pero las estadísticas tienen una ventaja formidable: no pasean por las calles. Viven mucho más cómodas instaladas en una media. 

     Responder a aquella sencilla pregunta conduce a una pequeña expedición documental. Se revisan memorias, se estudian pliegos, se cruzan superficies y se comparan documentos. Y cuanto más se avanza, más evidente resulta una paradoja: aparecen con facilidad los contratos, los importes, las frecuencias de siega, la maquinaria o los protocolos de actuación. Incluso es posible estimar que el servicio supone un coste anual próximo a 4,58 euros por metro cuadrado de zona verde mantenida. El dinero deja un rastro bastante nítido. Lo verdaderamente difícil es encontrar una radiografía completa del patrimonio que justifica ese esfuerzo económico: cuántos árboles existen, cuál es su estado fitosanitario, qué jardines requieren más recursos o qué elementos concretos se están conservando. 

     Y, sin embargo, esa radiografía debería ser el punto de partida de cualquier gestión moderna. Un inventario georreferenciado integrado en un sistema de información geográfica (GIS) permitiría conocer la ubicación de cada árbol, su especie, sus dimensiones dendrométricas, su estado fitosanitario, las actuaciones realizadas, las incidencias detectadas o los riesgos asociados a cada ejemplar. En otras palabras, permitiría gestionar un patrimonio vivo con información objetiva y no con aproximaciones.

     Porque un árbol no es un metro cuadrado. Ni una palmera equivale a un seto, ni un jardín histórico requiere el mismo mantenimiento que una glorieta recién ajardinada. Sin un inventario técnico que describa qué contiene cada espacio verde, el coste por metro cuadrado aporta muy poca información. Es como calcular el precio de un libro por su peso sin distinguir entre una novela de bolsillo y una enciclopedia.     

    Los indicadores poseen, además, una habilidad extraordinaria para simplificar la realidad hasta hacer desaparecer sus matices. No hablan de barrios, no distinguen entre parques maduros y zonas de reciente 1 urbanización, no muestran la cobertura arbórea, no informan sobre el estado sanitario del arbolado ni permiten saber dónde conviene invertir primero. Solo producen medias. Y las medias tienen una cualidad admirable: nunca discuten con la realidad. 

     Con las zonas verdes sucede exactamente eso. Los 16,4 metros cuadrados pueden ser correctos. También podrían serlo los 22,5. Pero ninguna de esas cifras responderá a las preguntas realmente importantes: ¿cuántos árboles necesitan una revisión urgente?, ¿qué zonas presentan mayor deterioro?, ¿qué barrios disponen de menos cobertura vegetal?, ¿qué parte de la red de riego pierde agua o qué espacios requieren una renovación prioritaria? Esas son las preguntas que debería responder cualquier servicio moderno de parques y jardines. 

     Porque la transparencia tiene una consecuencia incómoda: obliga a que los números expliquen la realidad y no simplemente la sustituyan. Ahí reside la diferencia entre mostrar indicadores y gestionar un patrimonio. Lo primero consiste en ofrecer una cifra; lo segundo exige disponer de un inventario completo, actualizado y accesible que permita saber qué elementos existen, dónde se encuentran y cuál es su estado de conservación. El coste, por supuesto, ya lo conocemos: alrededor de 10,7 millones de euros anuales. Lo que sigue siendo mucho más difícil de conocer es aquello sobre lo que ese coste se aplica con exactitud. 

     Al final, uno termina sospechando que el verdadero misterio no es si en Dos Hermanas corresponden 11,7, 16,4 o 22,5 metros cuadrados de zonas verdes por habitante. El verdadero misterio es cómo una cifra puede llegar a ser tan precisa mientras el inventario que debería sostenerla continúa siendo tan difícil de encontrar. Quizá porque el Metro Cuadrado Estadístico no sea una unidad de superficie. Quizá sea, simplemente, una forma extraordinariamente eficaz de medir aquello que muy pocos pueden comprobar.

 Jesús Cuenca 6/8/2026

El asfalto como seña de identidad (Jesús Cuenca)

 EL ASFALTO COMO SEÑA DE IDENTIDAD 

     Mientras muchas ciudades compiten por ser más resilientes, más verdes y mejor adaptadas al cambio climático, en Dos Hermanas parece haberse consolidado una estrategia mucho más sencilla: si una superficie puede cubrirse con asfalto, ¿por qué complicarse la vida pensando en alternativas? 

     El futuro aparcamiento de la nueva estación de ferrocarril es un magnífico ejemplo de esta filosofía. Resulta difícil no apreciar la paradoja: una infraestructura concebida para impulsar una movilidad más sostenible llegará acompañada de un aparcamiento construido con una solución que impermeabiliza el suelo y dificulta precisamente aquello que las políticas ambientales llevan años recomendando: gestionar el agua donde cae. 

     La comunidad científica lleva décadas explicando que los pavimentos filtrantes reducen la escorrentía, favorecen la infiltración del agua, alivian las redes de saneamiento, contribuyen a recargar los acuíferos y ayudan a disminuir el efecto de isla de calor. No hablamos de experimentos de laboratorio ni de ocurrencias de última hora. Se trata de soluciones consolidadas, utilizadas con éxito en numerosos municipios y promovidas dentro de los Sistemas Urbanos de Drenaje Sostenible (SUDS). Pero, al parecer, toda esa literatura técnica todavía no ha conseguido desbancar al viejo conocido: el asfalto. 

     Quizá exista una explicación que escapa al ciudadano. Tal vez la lluvia, al llegar a Dos Hermanas, decida infiltrarse por telepatía. O quizá el agua haya aprendido a desaparecer antes de alcanzar los imbornales. También cabe la posibilidad de que el cambio climático haya solicitado una excepción administrativa para no afectar a este municipio. Si ninguna de estas hipótesis resulta convincente, queda una mucho más probable: que se siga proyectando como hace treinta años porque siempre se ha hecho así. 

     Lo curioso es que el discurso oficial suele estar lleno de referencias a la sostenibilidad, la transición ecológica y la adaptación climática. Son conceptos que aparecen con frecuencia en presentaciones, planes estratégicos y notas de prensa. Sin embargo, cuando llega el momento de transformar esos principios en hormigón, adoquines o pavimentos permeables, la inspiración parece agotarse justo antes de redactar el proyecto. 

     Es cierto que un pavimento filtrante puede implicar una inversión inicial ligeramente superior. Pero también es cierto que nadie parece calcular cuánto cuesta impermeabilizar sistemáticamente la ciudad para, años después, invertir millones en corregir los problemas derivados de esa impermeabilización. A veces da la impresión de que construir bien a la primera resulta menos atractivo que inaugurar dos veces la misma obra. 

     Y esa posibilidad no debería sorprender a nadie. Dos Hermanas ya cuenta con precedentes que invitan al optimismo... o al escepticismo, según se mire. Ahí está el carril bici: primero se adoquinó, después se levantó el adoquinado y finalmente se hormigonó. Un admirable ejercicio de planificación retrospectiva, donde cada decisión parecía consistir en deshacer la anterior. Si hubiera existido un premio a la obra pública reversible, probablemente habría tenido serias opciones de conseguirlo. 

     Por eso no sería extraño que dentro de unos años alguien descubriera que los aparcamientos permeables eran, efectivamente, una buena idea. Entonces llegarían las excavadoras, se levantaría el asfalto recién envejecido y se volvería a invertir dinero público para instalar aquello que hoy ya se sabe que funciona mejor. Se presentaría como una actuación innovadora, se hablaría de compromiso ambiental y se cortaría una nueva cinta inaugural. 

     Después de todo, quizá esa sea la auténtica estrategia: construir hoy con criterios de ayer para poder inaugurar mañana la corrección de los errores de hoy. Una forma singular de entender la planificación urbana que convierte cada obra en una inversión... y cada rectificación en una oportunidad para otra fotografía. 

 31/07/2026 Jesús Cuenca

De cuando las ánimas de Don José y Doña Antonia, encarnadas, visitaron la Alquería del Pilar y de lo que allí pasó








Un soleado día primaveral Don José y Doña Antonia se aparecieron como  por encanto en la Alquería del Pilar. Caminaron bajo el cielo azul, alegres de haber vuelto a su jardín en la tierra
Paseaban sonrientes por los senderos de los jardines. Mientras caminaban, ajenos a lo que pasaba a su alrededor, los jardines eran destruidos por las malas artes del maligno genio, que gobierna el paso del  tiempo y la desidia de los hombres


Los cristales de colores de la capilla del palacio estallaron en mil pedazos


La imagen de su adorada Inmaculada Concepción perdía el color y se fue apagando poco a poco




Las tuyas de la capilla de los cipreses y del laberinto desaparecían o se secaban. 

Hubo un gran ruido de piedras y la gruta quedó sellada

El gabinete almenado donde se refugiaba a escribir Doña Antonia desapareció


Los pensadores que acompañan el paseo que conduce a la columna de Mercurio se esfumaron. Los mismo hicieron los poetas que rodeaban la columna del dios y los árboles del amor que sombreaban el paseo de los filósofos.


El mismo dios Mercurio desesperado por la catástrofe, abandonaba su columna. Como había perdido las alas de sus pies hace tiempo, dejó  pies y piernas en el pedestal. Su caderas, torso y cabeza huyeron del lugar apabullados por el paso del tiempo, el vandalismo y la desidia


Paseando por jardines que ella diseñó, que recordaban muy lejanamente a la belleza de su arcadia nazarena, se pudo ver a Doña Antonia recitar sus poesías, divagar sobre su vida pasada, rememorar a sus amigos y las reuniones poéticas y literarias que se celebraban el La Alquería del Pilar.




Sin inmutarse por tanto desastre, Don José paseó por el laberinto, se sentó en una mesa justo al lado de donde erigió la estatua al descubridor de las Américas. Alrededor tenia lo que queda de su devastado laberinto, sin ningún atisbo de enfado, de sarcasmo ni siquiera de ironía, paseo  y hablo de su vida y obra por este espacio dedicado a Cristóbal Colón, al que el tanto admiraba, cuyas tuyas antaño dibujaban la cruz templaria, que bordadas en las carabelas atravesaron el Atlántico


Con su voz emocionada, emocionó a los que le escuchábamos su  palabras. Los que observábamos la escena (él siempre impertérrito ante el desolación vegetal que le rodeaba), comprendimos que las cosas terrenales están sujetas al paso del tiempo, a los intereses y la sensibilidad de los hombres, que son pasajeras, volubles y caducas. Solo la belleza, el amor y la poesía, que lo pueden todo, permanecen...


 


Cuando se esfumaron Doña Antonia y Don José, desapareciendo por el foro, como lo hacen los actores, del mismo suelo que ellos sembraron antaño de flores, brotó el arte, la música, la poesía, la danza y la pintura de hoy (no sobemos si sería de su gusto)…

¡Que el arte florezca por muchos años en la Alquería!

¡Versalla!







Fotos cedidas por Antonio Carballido (Pintamonos) Colección Versalla

VERSALLA O EL ARTE DE ADMIRAR LO QUE SE DEJA DETERIORAR (Jesús Cuenca)


     Hace apenas unos días se celebraron los actos de Versalla, una denominación cuya originalidad merece ser destacada: pocas veces se había exprimido con tanto entusiasmo el viejo apelativo de la Alquería del Pilar como “Versalles de Sevilla”. Concebidos —según se nos explicó con encomiable fervor— para poner en valor un espacio cargado de historia, belleza y significado para la ciudad, los actos rindieron homenaje a este enclave vinculado al matrimonio de escritores Antonia Díaz y José Lamarque. Un lugar donde naturaleza, cultura y memoria deberían convivir en armonía. 

     Y, ciertamente, no faltaron las palabras solemnes ni las recreaciones históricas protagonizadas por los personajes escogidos para la ocasión. Hubo elogios a la riqueza patrimonial del recinto, referencias a su singularidad, evocaciones literarias y sentidas declaraciones de amor al paisaje y al legado recibido. Durante unas horas, la Alquería pareció recuperar el esplendor de aquel imaginario Versalles sevillano al que aludían los discursos. Lástima que, una vez apartada la retórica, los jardines siguieran empeñados en mostrar una realidad bastante menos palaciega. Lo único que parecía faltar era el escenario, el propio jardín. Porque mientras resonaban las alabanzas, bastaba levantar la vista para contemplar una realidad mucho menos inspiradora. Senderos degradados, vegetación necesitada de atención y ejemplares arbóreos que parecen soportar en silencio el peso de décadas de olvido. Resultaba inevitable pensar que el verdadero acto cultural habría consistido en escuchar lo que esos árboles tendrían que decir sobre el concepto municipal de “puesta en valor”. 

        


 Entre todos ellos destaca uno que se ha convertido, involuntariamente, en símbolo de esta contradicción. Una casuarina de gran porte, monumental, cuya presencia, junto a las de sus compañeras que siguen definiendo la antigua entrada a la finca, domina el paisaje, y cuya impresionante dimensión recuerda que la naturaleza no entiende de legislaturas ni de programas culturales. Su tronco muestra enormes heridas, visibles incluso para quien no posee conocimientos técnicos en arboricultura. No hace falta emitir diagnósticos para comprender el mensaje visual: un gigante vulnerable, un patrimonio vivo que reclama atención mientras a su alrededor se multiplican los discursos sobre la importancia del patrimonio. Vivimos tiempos en los que se organizan campañas de plantación de árboles con una intensidad casi litúrgica. Cada nuevo plantón merece una fotografía, una nota de prensa y una declaración institucional sobre el compromiso medioambiental. Se cava un hoyo, se deposita una pequeña planta y, durante unos minutos, parece que se está salvando el planeta. Es una ceremonia perfectamente respetable. Lo que ya resulta más difícil de comprender es que, simultáneamente, se permita el deterioro de árboles adultos cuyo valor ecosistémico, paisajístico e histórico supera con creces el de decenas de ejemplares recién plantados. Es una curiosa concepción de la sostenibilidad: celebrar la promesa mientras se descuida la realidad. Como si una ciudad inaugurara escuelas nuevas mientras deja que se derrumben las existentes. Como si se organizara un congreso sobre literatura en una biblioteca cuyos libros se están pudriendo en los estantes. 

     


La ironía alcanza niveles casi artísticos cuando todo esto sucede precisamente en unos jardines asociados a la creación intelectual y a la sensibilidad cultural. Porque la cultura no consiste únicamente en pronunciar bellos discursos sobre el pasado; también implica conservar aquello que hemos heredado. Y un árbol centenario forma parte de ese legado con la misma legitimidad que una página manuscrita o una fachada histórica. 

     Quizá por eso, Versalla dejó una impresión tan desconcertante para muchos de los que estuvimos allí. Por un lado, una sucesión de palabras grandilocuentes sobre la importancia de estos jardines. Por otro, la evidencia física de un espacio que pide cuidados más que elogios. Mucho reconocimiento simbólico y poco mantenimiento real. Mucha poesía en los atriles y demasiada prosa en el terreno. 

     Al final, los árboles tienen una virtud incómoda: no aplauden los discursos. Simplemente permanecen ahí, mostrando con sus cicatrices aquello que las palabras intentan ocultar. Y ese viejo gigante herido parece recordarnos algo muy sencillo: que poner en valor un espacio no consiste en hablar de él, sino en cuidarlo. Todo lo demás, por muy elegante que suene, corre el riesgo de convertirse en una variedad especialmente refinada de abandono. 

 Jesús Cuenca (biólogo) 14/06/2026

Cuentacuentos. 1987



Era 1987. Aun existía el torreón, gabinete donde había escrito  Antonia Díaz sus mejores obras. Había una abundante vegetación en la ría, esta no tenia el pretil de piedra que la bordea hoy en día. El suelo era de albero. Los pasillos del laberinto eran un sitio para perderse bajo la vigilancia de los padres o los maestros

El parque, inaugurado solo 5 años antes, era el espacio verde mas antiguo, frondoso, variado y mágico de Dos Hermanas, ideal para explorar y poner a volar la imaginación. 

Que buena suerte  la de los niños que participaron esos primeros años en los cuentacuentos organizados por la Biblioteca Municipal

Juan Ramón Jiménez en La Alquería del Pilar

 

Juan Ramón Jiménez nació en 1881 en Moguer, provincia de Huelva. Se traslada a Sevilla en 1896 para estudiar pintura y leyes. Escribe aquí sus primeros poemas (1896-1900), que publica en periódicos y revistas de Sevilla y Huelva

En un artículo publicado* en la Biblioteca Virtual Cervantes cuentan sus autoras, Marta Palenque e Isabel Román, como era  la relación del adolescente Juan Ramón con la familia Lamarque.  En uno de sus apartados se puede leer lo siguiente:

"A los recuerdos de Juan Ramón Jiménez asoma también la Alquería. Los ojos de un joven de otra generación ven aquellas reuniones con gran distancia; y es que estas modas propias del XIX le resultarían por completo ajenas. Para él los amigos en la literatura y en la vida de los Lamarque (aquéllos que como él ven en el modernismo mera cursilería y siguen anclados en la poesía decimonónica) formaban la que llama «la peña poética sevillana del instante parado»

Siguiendo este artículo, transcriben lo que dice Juan Ramón Jiménez  sobre Lamarque y su tertulia de poetas:             

(A Lamarque)..."cuando le gustaba más un soneto o un romance míos, me mandaba unos magníficos cajones de naranjas de sangre, de su finca de Dos Hermanas, donde él y su mujer, doña Antonia Díaz de Lamarque, escritora como él, revivían tiempos pasados españoles, vistiendo con trajes anacrónicos y representando escenas de serenatas trovadorescas. Don José Lamarque me daba siempre consejos y me decía que leyera a don José de Velilla y a su hermana doña Mercedes, a don Luis Montoto y Rautenstrauch, a don Francisco Rodríguez Marín y otros, que formaban la peña poética sevillana del instante parado, y que me dejase de aquellas revistas de Madrid, que no sabían nada de poesía". 


Juan Ramón visitó de joven La Alquería del Pilar y en sus viajes por Andalucía pasaba a menudo por la estación de Dos Hermanas. Conmemorando estos hechos hay en el andén de la estación un poema suyo, escrito en un azulejo cuyo fondo es un dibujo del tren cruzando por Dos Hermanas, que es copia de un grabado del libro "Guía del viajero del ferrocarril Sevilla-Cádiz" de Eduardo García Antón (1860). 

Los versos son estos:

¡DOS HERMANAS!

Cielo azul y naranjas:

¡Do Jermaaaaana!

... El tren no va hacia el mar, va hacia el verano

Verde de oro y blanco.

Una niña pregona: "¡Violeeeetaa!"

Un niño: "¡Aguiiiitaa frejca!"

Yo, en un escalofrío sin salida,

sonrío en mi tristeza y lloro de alegría.

- Dos cables: "Madre, Novia: Moguer,

Long-Island; Flushing: Naufragué, en tierra; en mar de amor."


Juan Ramón Jiménez

20-enero-1912