EL ASFALTO COMO SEÑA DE IDENTIDAD
Mientras muchas ciudades compiten por ser más resilientes, más verdes y mejor
adaptadas al cambio climático, en Dos Hermanas parece haberse consolidado una
estrategia mucho más sencilla: si una superficie puede cubrirse con asfalto, ¿por qué
complicarse la vida pensando en alternativas?
El futuro aparcamiento de la nueva estación de ferrocarril es un magnífico ejemplo de
esta filosofía. Resulta difícil no apreciar la paradoja: una infraestructura concebida para
impulsar una movilidad más sostenible llegará acompañada de un aparcamiento
construido con una solución que impermeabiliza el suelo y dificulta precisamente aquello
que las políticas ambientales llevan años recomendando: gestionar el agua donde cae.
La comunidad científica lleva décadas explicando que los pavimentos filtrantes reducen la
escorrentía, favorecen la infiltración del agua, alivian las redes de saneamiento,
contribuyen a recargar los acuíferos y ayudan a disminuir el efecto de isla de calor. No
hablamos de experimentos de laboratorio ni de ocurrencias de última hora. Se trata de
soluciones consolidadas, utilizadas con éxito en numerosos municipios y promovidas
dentro de los Sistemas Urbanos de Drenaje Sostenible (SUDS). Pero, al parecer, toda esa
literatura técnica todavía no ha conseguido desbancar al viejo conocido: el asfalto.
Quizá exista una explicación que escapa al ciudadano. Tal vez la lluvia, al llegar a Dos
Hermanas, decida infiltrarse por telepatía. O quizá el agua haya aprendido a desaparecer
antes de alcanzar los imbornales. También cabe la posibilidad de que el cambio climático
haya solicitado una excepción administrativa para no afectar a este municipio. Si ninguna
de estas hipótesis resulta convincente, queda una mucho más probable: que se siga
proyectando como hace treinta años porque siempre se ha hecho así.
Lo curioso es que el discurso oficial suele estar lleno de referencias a la sostenibilidad, la
transición ecológica y la adaptación climática. Son conceptos que aparecen con
frecuencia en presentaciones, planes estratégicos y notas de prensa. Sin embargo,
cuando llega el momento de transformar esos principios en hormigón, adoquines o
pavimentos permeables, la inspiración parece agotarse justo antes de redactar el
proyecto.
Es cierto que un pavimento filtrante puede implicar una inversión inicial ligeramente
superior. Pero también es cierto que nadie parece calcular cuánto cuesta
impermeabilizar sistemáticamente la ciudad para, años después, invertir millones en
corregir los problemas derivados de esa impermeabilización. A veces da la impresión de
que construir bien a la primera resulta menos atractivo que inaugurar dos veces la misma
obra.
Y esa posibilidad no debería sorprender a nadie. Dos Hermanas ya cuenta con
precedentes que invitan al optimismo... o al escepticismo, según se mire. Ahí está el carril
bici: primero se adoquinó, después se levantó el adoquinado y finalmente se hormigonó.
Un admirable ejercicio de planificación retrospectiva, donde cada decisión parecía
consistir en deshacer la anterior. Si hubiera existido un premio a la obra pública
reversible, probablemente habría tenido serias opciones de conseguirlo.
Por eso no sería extraño que dentro de unos años alguien descubriera que los
aparcamientos permeables eran, efectivamente, una buena idea. Entonces llegarían las
excavadoras, se levantaría el asfalto recién envejecido y se volvería a invertir dinero
público para instalar aquello que hoy ya se sabe que funciona mejor. Se presentaría como
una actuación innovadora, se hablaría de compromiso ambiental y se cortaría una nueva
cinta inaugural.
Después de todo, quizá esa sea la auténtica estrategia: construir hoy con criterios de ayer
para poder inaugurar mañana la corrección de los errores de hoy. Una forma singular de
entender la planificación urbana que convierte cada obra en una inversión... y cada
rectificación en una oportunidad para otra fotografía.
31/07/2026
Jesús Cuenca
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