
Un soleado día primaveral Don José y Doña Antonia se aparecieron como por encanto en la Alquería del Pilar. Caminaron bajo el cielo azul, alegres de haber vuelto a su jardín en la tierra
Paseaban sonrientes por los senderos de los jardines. Mientras caminaban, ajenos a lo que pasaba a su alrededor, los jardines eran destruidos por las malas artes del maligno genio, que gobierna el paso del tiempo y la desidia de los hombres
Los cristales de colores de la capilla del palacio estallaron en mil pedazos
La imagen de su adorada Inmaculada Concepción perdía el color y se fue apagando poco a poco
Las tuyas de la capilla de los cipreses y del laberinto desaparecían o se secaban.
Hubo un gran ruido de piedras y la gruta quedó sellada
El gabinete almenado donde se refugiaba a escribir Doña Antonia desapareció
Los pensadores que acompañan el paseo que conduce a la columna de Mercurio se esfumaron. Los mismo hicieron los poetas que rodeaban la columna del dios y los árboles del amor que sombreaban el paseo de los filósofos.
El mismo dios Mercurio desesperado por la catástrofe, abandonaba su columna. Como había perdido las alas de sus pies hace tiempo, dejó pies y piernas en el pedestal. Su caderas, torso y cabeza huyeron del lugar apabullados por el paso del tiempo, el vandalismo y la desidia
Paseando por jardines que ella diseñó, que recordaban muy lejanamente a la belleza de su arcadia nazarena, se pudo ver a Doña Antonia recitar sus poesías, divagar sobre su vida pasada, rememorar a sus amigos y las reuniones poéticas y literarias que se celebraban el La Alquería del Pilar.
Sin inmutarse por tanto desastre, Don José paseó por el laberinto, se sentó en una mesa justo al lado de donde erigió la estatua al descubridor de las Américas. Alrededor tenia lo que queda de su devastado laberinto, sin ningún atisbo de enfado, de sarcasmo ni siquiera de ironía, paseo y hablo de su vida y obra por este espacio dedicado a Cristóbal Colón, al que el tanto admiraba, cuyas tuyas antaño dibujaban la cruz templaria, que bordadas en las carabelas atravesaron el Atlántico
Con su voz emocionada, emocionó a los que le escuchábamos su palabras. Los que observábamos la escena (él siempre impertérrito ante el desolación vegetal que le rodeaba), comprendimos que las cosas terrenales están sujetas al paso del tiempo, a los intereses y la sensibilidad de los hombres, que son pasajeras, volubles y caducas. Solo la belleza, el amor y la poesía, que lo pueden todo, permanecen...
Cuando se esfumaron Doña Antonia y Don José, desapareciendo por el foro, como lo hacen los actores, del mismo suelo que ellos sembraron antaño de flores, brotó el arte, la música, la poesía, la danza y la pintura de hoy (no sobemos si sería de su gusto)…
¡Que el arte florezca por muchos años en la Alquería!
¡Versalla!
Fotos cedidas por Antonio Carballido (Pintamonos) Colección Versalla





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