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VERSALLA O EL ARTE DE ADMIRAR LO QUE SE DEJA DETERIORAR (Jesús Cuenca)


     Hace apenas unos días se celebraron los actos de Versalla, una denominación cuya originalidad merece ser destacada: pocas veces se había exprimido con tanto entusiasmo el viejo apelativo de la Alquería del Pilar como “Versalles de Sevilla”. Concebidos —según se nos explicó con encomiable fervor— para poner en valor un espacio cargado de historia, belleza y significado para la ciudad, los actos rindieron homenaje a este enclave vinculado al matrimonio de escritores Antonia Díaz y José Lamarque. Un lugar donde naturaleza, cultura y memoria deberían convivir en armonía. 

     Y, ciertamente, no faltaron las palabras solemnes ni las recreaciones históricas protagonizadas por los personajes escogidos para la ocasión. Hubo elogios a la riqueza patrimonial del recinto, referencias a su singularidad, evocaciones literarias y sentidas declaraciones de amor al paisaje y al legado recibido. Durante unas horas, la Alquería pareció recuperar el esplendor de aquel imaginario Versalles sevillano al que aludían los discursos. Lástima que, una vez apartada la retórica, los jardines siguieran empeñados en mostrar una realidad bastante menos palaciega. Lo único que parecía faltar era el escenario, el propio jardín. Porque mientras resonaban las alabanzas, bastaba levantar la vista para contemplar una realidad mucho menos inspiradora. Senderos degradados, vegetación necesitada de atención y ejemplares arbóreos que parecen soportar en silencio el peso de décadas de olvido. Resultaba inevitable pensar que el verdadero acto cultural habría consistido en escuchar lo que esos árboles tendrían que decir sobre el concepto municipal de “puesta en valor”. 

        


 Entre todos ellos destaca uno que se ha convertido, involuntariamente, en símbolo de esta contradicción. Una casuarina de gran porte, monumental, cuya presencia, junto a las de sus compañeras que siguen definiendo la antigua entrada a la finca, domina el paisaje, y cuya impresionante dimensión recuerda que la naturaleza no entiende de legislaturas ni de programas culturales. Su tronco muestra enormes heridas, visibles incluso para quien no posee conocimientos técnicos en arboricultura. No hace falta emitir diagnósticos para comprender el mensaje visual: un gigante vulnerable, un patrimonio vivo que reclama atención mientras a su alrededor se multiplican los discursos sobre la importancia del patrimonio. Vivimos tiempos en los que se organizan campañas de plantación de árboles con una intensidad casi litúrgica. Cada nuevo plantón merece una fotografía, una nota de prensa y una declaración institucional sobre el compromiso medioambiental. Se cava un hoyo, se deposita una pequeña planta y, durante unos minutos, parece que se está salvando el planeta. Es una ceremonia perfectamente respetable. Lo que ya resulta más difícil de comprender es que, simultáneamente, se permita el deterioro de árboles adultos cuyo valor ecosistémico, paisajístico e histórico supera con creces el de decenas de ejemplares recién plantados. Es una curiosa concepción de la sostenibilidad: celebrar la promesa mientras se descuida la realidad. Como si una ciudad inaugurara escuelas nuevas mientras deja que se derrumben las existentes. Como si se organizara un congreso sobre literatura en una biblioteca cuyos libros se están pudriendo en los estantes. 

     


La ironía alcanza niveles casi artísticos cuando todo esto sucede precisamente en unos jardines asociados a la creación intelectual y a la sensibilidad cultural. Porque la cultura no consiste únicamente en pronunciar bellos discursos sobre el pasado; también implica conservar aquello que hemos heredado. Y un árbol centenario forma parte de ese legado con la misma legitimidad que una página manuscrita o una fachada histórica. 

     Quizá por eso, Versalla dejó una impresión tan desconcertante para muchos de los que estuvimos allí. Por un lado, una sucesión de palabras grandilocuentes sobre la importancia de estos jardines. Por otro, la evidencia física de un espacio que pide cuidados más que elogios. Mucho reconocimiento simbólico y poco mantenimiento real. Mucha poesía en los atriles y demasiada prosa en el terreno. 

     Al final, los árboles tienen una virtud incómoda: no aplauden los discursos. Simplemente permanecen ahí, mostrando con sus cicatrices aquello que las palabras intentan ocultar. Y ese viejo gigante herido parece recordarnos algo muy sencillo: que poner en valor un espacio no consiste en hablar de él, sino en cuidarlo. Todo lo demás, por muy elegante que suene, corre el riesgo de convertirse en una variedad especialmente refinada de abandono. 

 Jesús Cuenca (biólogo) 14/06/2026

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