El bulevar Manuel Clavero Arévalo no es una actuación aislada, sino una de las piezas del gran entramado viario y paisajístico de Entrenúcleos. Su importancia se entiende mejor ahora que la nueva plaza elevada de la glorieta central, situada a unos 8,5 metros sobre la cota de la calle y con 17.207 m² de superficie, se encuentra próxima a su puesta en servicio (1). En este punto confluyen cuatro de los grandes bulevares del nuevo desarrollo —Felipe González, Rafael Escuredo, Manuel Clavero Arévalo y José Rodríguez de la Borbolla y Camoyán—, conectados mediante pasarelas peatonales. Estamos, por tanto, ante un espacio que forma parte de una infraestructura urbana de considerable escala y que ha requerido inversiones públicas importantes; solo la primera fase de la plaza y sus aparcamientos supuso una inversión de más de 10,1 millones de euros. Precisamente por eso, cuando analizamos el arbolado del bulevar no deberíamos conformarnos con comprobar si los árboles sobreviven o si el césped presenta buen aspecto. Una actuación de esta magnitud debería evaluarse también por la calidad de su diseño vegetal, la eficiencia del riego, el espacio reservado a las raíces y, sobre todo, por su capacidad para prestar servicios ambientales durante las próximas décadas.
Pero hagamos un poco de memoria. El bulevar Manuel Clavero Arévalo, en Entrenúcleos, corresponde al
tramo V-86 del Plan Parcial SEN-1 “Entrenúcleos” y su urbanización fue recibida
por el Ayuntamiento en 2015. (2)
No estamos, por tanto, ante un pequeño jardín de barrio resuelto con cuatro
árboles y una manguera: hablamos de una infraestructura urbana concebida,
ejecutada y posteriormente mantenida con una inversión que necesariamente
incorpora movimiento de tierras, pavimentación, instalaciones de riego,
alumbrado, jardinería, arbolado y redes de servicios. Precisamente por ello, los problemas que empiezan a manifestarse en
el arbolado no deberían contemplarse como simples incidencias de mantenimiento.
Grosso modo, el diseño del conjunto combina una sucesión de siete parterres de césped que ocupan
una superficie total aproximada de 11.200
m², con olivos distribuidos en su interior, y un paseo lateral
flanqueado por dos alineaciones de tipuanas (Tipuana tipu). El resultado tiene indudable
presencia paisajística, pero desde una perspectiva de jardinería urbana
sostenible plantea una cuestión fundamental: ¿se ha diseñado el espacio
pensando en las necesidades reales de las plantas y en el desarrollo que tendrán
los árboles cuando alcancen la madurez?
Olivos sobre césped: posible no significa óptimo
El problema de los olivos no es que estén plantados en
césped. Un olivo puede convivir perfectamente con una pradera si las
condiciones de suelo, riego y mantenimiento son adecuadas. La cuestión es que
el césped y el olivo responden a estrategias de mantenimiento muy diferentes.
En este caso, la pradera se mantiene mediante riego por aspersión, un sistema
perfectamente adecuado para una superficie extensa de césped. El problema
aparece cuando, dentro de esa misma superficie, se incorporan árboles
mediterráneos con unas necesidades hídricas considerablemente menores. El
diseño puede funcionar, pero implica mantener con riego una superficie en la
que conviven especies con requerimientos de agua muy diferentes.
A ello se añade otro aspecto que no debería pasarse por
alto: el efecto directo de los chorros
de los aspersores sobre los troncos. Una aportación continua de humedad
sobre la base y la corteza de los árboles no es precisamente la situación más
recomendable y puede favorecer problemas sanitarios, especialmente si el tronco
permanece mojado de forma habitual.
Una alternativa más racional sería mantener el césped donde
realmente tenga una función paisajística o estancial y concentrar mayoritariamente los olivos en determinados sectores,
acompañándolos de especies mediterráneas con requerimientos hídricos
semejantes. Así se podría establecer una auténtica hidrozonificación y reducir
la dependencia de la pradera como elemento dominante.
También podría mantenerse algún olivo aislado dentro del
césped, pero en esos casos sería aconsejable disponer alrededor del árbol de
una corona de tierra libre de césped,
suficiente para reducir la competencia radicular y evitar que las labores de
siega o desbroce lleguen directamente al tronco. No se trata de convertir cada
olivo en una isla; se trata de reconocer que el árbol necesita un espacio
propio.
Las tipuanas: el verdadero capital arbóreo del paseo
La situación de las tipuanas resulta más preocupante porque
son precisamente ellas las que están proporcionando la sombra estructural
del paseo. Sus copas han alcanzado un desarrollo importante y generan un
ambiente mucho más favorable para el peatón que el que proporcionan los olivos
de la pradera.
Sin embargo, el sistema de riego de estas alineaciones ha
quedado inutilizado y actualmente los árboles tienen que ser regados a chorro con una manguera. Puede
entenderse como una solución provisional, pero resulta difícil justificar que
una alineación de árboles adultos integrada en una actuación urbana de esta
entidad dependa de semejante procedimiento como sistema ordinario de
mantenimiento.
Además, los alcorques muestran otro problema: raíces de considerable diámetro aflorando en
superficie y raíces que se desarrollan alrededor de la base de los troncos.
No sería técnicamente serio diagnosticar únicamente mediante simples
observaciones que se trata de raíces estrangulantes, pero la repetición de este
fenómeno en los ejemplares sí justifica una inspección específica del sistema
radicular.
Y aquí conviene mirar más allá del alcorque. Los árboles han
crecido y sus raíces están utilizando el espacio que encuentran disponible.
Cuando ese espacio está limitado por pavimentos, capas compactadas o un volumen
insuficiente de suelo útil, el conflicto termina apareciendo en superficie. La
cuestión no es que las tipuanas “tengan malas raíces”: la cuestión es si se les proporcionó desde el principio el volumen de
suelo que necesita un árbol de ese porte.
El argumento del pavimento permeable no resuelve el
problema
Es previsible que se pueda alegar que el paseo está
ejecutado con adoquines permeables
y que, por tanto, el agua puede infiltrarse y llegar a las raíces. Pero la
permeabilidad superficial de un pavimento no garantiza por sí misma que exista
un adecuado espacio radicular.
Para que esa solución funcione deben estar correctamente
resueltas también las capas inferiores, la continuidad del suelo, su grado de
compactación, el drenaje y el volumen de tierra realmente disponible para las
raíces. Un pavimento permeable no convierte automáticamente el subsuelo en un
suelo adecuado para un árbol adulto.
Por eso, ante las raíces que estamos observando, la pregunta
relevante no debería ser simplemente si el adoquín es permeable, sino cuánto suelo útil tienen las tipuanas, qué
calidad presenta y cómo está conectado ese volumen con el entorno radicular.
Una inversión urbana no debería terminar en una manguera
Aquí está, probablemente, la cuestión de fondo. La propia
documentación municipal confirma que en 2017 fue necesario acometer una
actuación específica para mejorar la eficiencia del sistema de riego de los
bulevares Felipe González Márquez y Manuel Clavero Arévalo, con un importe de 15.012,28 euros IVA incluido, debido
al mal funcionamiento del sistema existente (3).
Ese dato resulta especialmente ilustrativo: el riego ya había requerido una actuación
específica de mejora y, años después, parte del sistema destinado a las
tipuanas ha quedado inutilizado.
No tiene demasiado sentido gastar recursos en una
infraestructura verde y valorar después su éxito únicamente porque el día de la
inauguración el césped está verde y los árboles tienen buen aspecto. El coste
real de un espacio verde urbano no termina con la obra: continúa durante
décadas mediante riego, poda, reposición, siega, conservación del pavimento y
gestión del arbolado.
Por eso, en el Bulevar Manuel Clavero Arévalo habría sido
razonable que el diseño, la instalación
y el mantenimiento se hubieran concebido como un único sistema. Olivos y
césped deberían gestionarse según sus necesidades respectivas; las tipuanas
deberían disponer de un sistema de riego fiable y de un volumen de suelo acorde
con su desarrollo; y las raíces que ya están manifestando conflictos deberían
estudiarse antes de que obliguen a intervenir sobre el pavimento o sobre el
propio árbol.
En definitiva, no se trata de criticar que haya olivos,
césped o tipuanas. Se trata de exigir que una actuación urbana de esta
escala esté a la altura de la inversión realizada y de las necesidades de un
arbolado que debería permanecer allí muchas décadas.
Porque resulta bastante difícil hablar de planificación de
infraestructura verde cuando el césped
tiene aspersores, los árboles que proporcionan la sombra se riegan con una
manguera y sus raíces están intentando encontrar espacio entre los adoquines.
Y quizá convenga recordar algo tan elemental como olvidado: el
árbol no termina en la superficie que vemos. Una parte fundamental del árbol
está debajo del suelo. Si el proyecto no reserva espacio suficiente para las
raíces, tarde o temprano será el árbol quien presente la factura.
Jesús Cuenca (Biólogo)
12/09/2026
Referencias:










