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El metro cuadrado que nunca estuvo allí (Jesús Cuenca)

 EL METRO CUADRADO QUE NUNCA ESTUVO ALLÍ 

    


 En Dos Hermanas hay un dato que goza de una salud envidiable. Aparece en memorias, informes y documentos oficiales con la seguridad de quien no espera ser contradicho. Es el número de metros cuadrados de zonas verdes por habitante. Primero fueron 11,7. Después 16,4. Más tarde aparecieron 22,5. Las cifras cambian, pero el mensaje permanece inalterable: la ciudad parece cada vez más verde.

     Lo curioso es que, mientras el dato evoluciona con sorprendente facilidad, resulta mucho más complicado responder a una pregunta bastante más sencilla: ¿qué patrimonio verde mantiene exactamente el Ayuntamiento? Cuántos jardines existen, cuántos árboles los integran, qué superficies de césped se riegan, cuál es su estado de conservación o qué elementos requieren una intervención prioritaria. En definitiva, cuál es el inventario técnico que justifica los millones de euros destinados cada año a su conservación. 

     Y es ahí donde aparece el verdadero protagonista de esta historia: el Metro Cuadrado Estadístico. Una criatura singular que no crece en los parques, sino en los informes; que cambia de tamaño según el documento que se consulte y que posee una virtud extraordinaria: puede medirse con aparente precisión incluso cuando resulta mucho más difícil conocer el patrimonio real al que dice representar.     

    Mientras tanto, los vecinos recorren una ciudad donde conviven parques consolidados con barrios en los que la sombra sigue siendo un proyecto de futuro. Pero las estadísticas tienen una ventaja formidable: no pasean por las calles. Viven mucho más cómodas instaladas en una media. 

     Responder a aquella sencilla pregunta conduce a una pequeña expedición documental. Se revisan memorias, se estudian pliegos, se cruzan superficies y se comparan documentos. Y cuanto más se avanza, más evidente resulta una paradoja: aparecen con facilidad los contratos, los importes, las frecuencias de siega, la maquinaria o los protocolos de actuación. Incluso es posible estimar que el servicio supone un coste anual próximo a 4,58 euros por metro cuadrado de zona verde mantenida. El dinero deja un rastro bastante nítido. Lo verdaderamente difícil es encontrar una radiografía completa del patrimonio que justifica ese esfuerzo económico: cuántos árboles existen, cuál es su estado fitosanitario, qué jardines requieren más recursos o qué elementos concretos se están conservando. 

     Y, sin embargo, esa radiografía debería ser el punto de partida de cualquier gestión moderna. Un inventario georreferenciado integrado en un sistema de información geográfica (GIS) permitiría conocer la ubicación de cada árbol, su especie, sus dimensiones dendrométricas, su estado fitosanitario, las actuaciones realizadas, las incidencias detectadas o los riesgos asociados a cada ejemplar. En otras palabras, permitiría gestionar un patrimonio vivo con información objetiva y no con aproximaciones.

     Porque un árbol no es un metro cuadrado. Ni una palmera equivale a un seto, ni un jardín histórico requiere el mismo mantenimiento que una glorieta recién ajardinada. Sin un inventario técnico que describa qué contiene cada espacio verde, el coste por metro cuadrado aporta muy poca información. Es como calcular el precio de un libro por su peso sin distinguir entre una novela de bolsillo y una enciclopedia.     

    Los indicadores poseen, además, una habilidad extraordinaria para simplificar la realidad hasta hacer desaparecer sus matices. No hablan de barrios, no distinguen entre parques maduros y zonas de reciente 1 urbanización, no muestran la cobertura arbórea, no informan sobre el estado sanitario del arbolado ni permiten saber dónde conviene invertir primero. Solo producen medias. Y las medias tienen una cualidad admirable: nunca discuten con la realidad. 

     Con las zonas verdes sucede exactamente eso. Los 16,4 metros cuadrados pueden ser correctos. También podrían serlo los 22,5. Pero ninguna de esas cifras responderá a las preguntas realmente importantes: ¿cuántos árboles necesitan una revisión urgente?, ¿qué zonas presentan mayor deterioro?, ¿qué barrios disponen de menos cobertura vegetal?, ¿qué parte de la red de riego pierde agua o qué espacios requieren una renovación prioritaria? Esas son las preguntas que debería responder cualquier servicio moderno de parques y jardines. 

     Porque la transparencia tiene una consecuencia incómoda: obliga a que los números expliquen la realidad y no simplemente la sustituyan. Ahí reside la diferencia entre mostrar indicadores y gestionar un patrimonio. Lo primero consiste en ofrecer una cifra; lo segundo exige disponer de un inventario completo, actualizado y accesible que permita saber qué elementos existen, dónde se encuentran y cuál es su estado de conservación. El coste, por supuesto, ya lo conocemos: alrededor de 10,7 millones de euros anuales. Lo que sigue siendo mucho más difícil de conocer es aquello sobre lo que ese coste se aplica con exactitud. 

     Al final, uno termina sospechando que el verdadero misterio no es si en Dos Hermanas corresponden 11,7, 16,4 o 22,5 metros cuadrados de zonas verdes por habitante. El verdadero misterio es cómo una cifra puede llegar a ser tan precisa mientras el inventario que debería sostenerla continúa siendo tan difícil de encontrar. Quizá porque el Metro Cuadrado Estadístico no sea una unidad de superficie. Quizá sea, simplemente, una forma extraordinariamente eficaz de medir aquello que muy pocos pueden comprobar.

 Jesús Cuenca 6/8/2026

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