Seguimos recorriendo los grandes bulevares de Entrenúcleos. Después del Manuel Clavero Arévalo, le toca ahora al Felipe González Márquez, uno de los ejes que confluyen en la futura plaza elevada central. Lo recorrimos siguiendo su franja ajardinada, entre las dos calzadas laterales.
Hay árboles, césped, caminos, zonas concebidas para el
descanso y el uso estancial y mobiliario. En principio, todo lo necesario para
hacer de él un espacio público amable. Hasta que uno decide recorrerlo bajo el
sol para comprobar también las condiciones reales en las que se desarrolla su
uso. Al finalizar el trayecto, después de soportar un calor considerable,
surgió una pregunta bastante sencilla: ¿estamos
realmente ante un bulevar concebido con criterios bioclimáticos o ante un
bulevar al que, además de árboles, césped y riego, se le ha añadido el
calificativo de “bioclimático”?
Porque una cosa es llamar bioclimático al bulevar y otra
bastante distinta es comprobar qué ocurre cuando aparece el clima. En Dos
Hermanas, el calor no es una visita inesperada: forma parte de las condiciones
ambientales durante buena parte del año. Si hablamos, por tanto, de diseño
bioclimático, habría que preguntarse qué condiciones ofrece el espacio cuando
el clima deja de colaborar.
Y aquí aparece El Pensador, la escultura situada en
el centro del bulevar: un hombre sentado ante un tablero de ajedrez, estudiando
su próxima jugada. La ubicación resulta casi providencial. Pocas cosas
necesitan tanta previsión como un árbol urbano.
Precisamente, el bulevar incorpora zonas concebidas para el
descanso y el uso estancial. Algunos grandes parterres de césped presentan
incluso ondulaciones del terreno que permiten utilizarlos como lugares
informales de descanso. La idea parece buena. Solo falta un pequeño detalle: la
sombra.
Porque poner un banco no significa necesariamente que
resulte atractivo sentarse en él. Y en una ciudad como esta, durante buena
parte del año, hay una diferencia considerable
entre disponer de un lugar para sentarse y disponer de un espacio realmente
apto para permanecer en él.
Tampoco basta con plantar árboles y esperar que aparezca mágicamente una sombra. Lo relevante desde el punto de vista bioclimático es la cobertura de copa, la intercepción de la radiación solar, la evapotranspiración y la capacidad real de la vegetación para mejorar el confort térmico. Dicho de forma menos técnica: no se trata de contar árboles, sino de conseguir que hagan algo más que estar ahí.
Y cuando se observa el arbolado con algo más de
detenimiento, aparecen algunas cuestiones que, cuanto menos, no pasan desapercibidas para quien se detiene
a mirarlas con atención. Así, en el flanco este se alternan brachichitos
rojos, laureles de Indias e higueras herrumbrosas, sobre un tapiz de césped.
Sus diferentes pautas de crecimiento, comportamiento y adaptación han producido
alineaciones poco homogéneas y una cobertura de copa desigual. El brachichito
rojo presenta además un comportamiento poco satisfactorio en determinados
puntos del bulevar, algo que también se observa en su flanco oeste.
No se trata de condenar una especie. Sería demasiado
sencillo. Se trata de recordar algo bastante más elemental: un árbol no se selecciona porque quepa en el
proyecto, sino porque pueda vivir y desarrollarse adecuadamente en el lugar de
plantación. Suelo, disponibilidad hídrica, exposición, temperatura,
espacio radicular, tamaño adulto y mantenimiento deberían formar parte de la
ecuación.
Porque seleccionar árboles urbanos pensando únicamente en cómo quedan cuando se plantan tiene una pequeña desventaja: los árboles tienen la desagradable costumbre de crecer y utilizar todo el espacio que necesitan, aunque el proyecto haya reservado menos. El espacio que necesitan no termina en la superficie visible del alcorque. Sus copas necesitan espacio hacia arriba y sus raíces hacia abajo y alrededor.
Algo parecido puede observarse en el flanco oeste, donde
encontramos dobles alineaciones con tipuanas, brachichitos rojos, moreras
‘Fruitless’, acacias de Constantinopla, laureles de Indias y cipreses. Una
diversidad considerable, aunque juntar muchas especies distintas no convierte
automáticamente el conjunto en un buen diseño. En algunos tramos ya aparecen
raíces aflorando y conflictos con los elementos construidos, algo que también
encontramos en el Manuel Clavero Arévalo.
Y si seguimos avanzando llegamos a los grandes parterres
centrales, donde la cuestión se vuelve todavía más interesante. En ellos
encontramos principalmente olivos, además de un número reducido de ejemplares
de fresno, jacaranda, falso pimentero, pimentero de Brasil y morera
‘Fruitless’. Paisajísticamente, la combinación de árboles y grandes superficies
verdes puede resultar atractiva. Hidrológicamente, la conversación cambia.
El césped tiene unas necesidades hídricas elevadas durante
los periodos de mayor demanda evaporativa, mientras que las especies arbóreas
presentan necesidades, estrategias y tolerancias a la sequía muy diferentes.
Pueden convivir, naturalmente. También pueden convivir un coche y una bicicleta
en una misma calle. La cuestión es si hemos diseñado el espacio para que ambos
funcionen de la manera más eficiente posible.
Cuando se pretende hablar de adaptación climática y
eficiencia hídrica, quizá convendría agrupar especies con requerimientos
semejantes, utilizar cubiertas vegetales de menor consumo, recurrir al
acolchado y reservar alrededor de los árboles espacios de suelo permeable y
funcional.
Aquí aparece otra pequeña paradoja: si para mantener verde el espacio es necesario regarlo con mucha más
frecuencia de la que necesitan los árboles plantados en él, quizá el problema
no sea la falta de agua, sino haber elegido una cubierta vegetal cuyas
necesidades hídricas no encajan con las de la vegetación que la acompaña.
Y surge una pregunta todavía más sencilla: ¿estamos
regando el árbol o estamos regando el césped que tiene árboles dentro?
La cuestión del agua nos lleva, inevitablemente, a la
gestión de toda esta infraestructura verde. Estamos hablando de una actuación
urbana de considerable entidad. La plaza central ocupa unos 17.207 m² y la
primera fase, con aparcamientos, plaza elevada y conexiones peatonales, supone
una inversión millonaria: de momento, unos 10,1 millones de euros. Por otro lado,
el propio inventario municipal asigna al bulevar partidas de espacios libres e
infraestructuras cuyo valor contable conjunto supera 1,45 millones de euros (*).
El riego tampoco ha sido precisamente un asunto menor. Entre
2015 y 2017 se realizaron actuaciones sobre las redes, la conexión del pozo con
el aljibe y el sistema de control. Estas intervenciones posteriores
representaron conjuntamente unos 29.000 euros, sin incluir la instalación
original. (*)
Mantener y reparar una infraestructura es necesario. Pero
hay algo todavía más útil: aprender de ella.
Porque el tiempo tiene una virtud que no tienen los planos
ni las infografías: permite comprobar qué funciona. Hoy podemos observar qué
especies responden mejor, dónde falta sombra, dónde aparecen conflictos
radiculares y qué superficies necesitan más agua. Es información que debería
servir para adaptar la gestión y, sobre todo, para mejorar los próximos
proyectos.
Y volvemos así a El Pensador, que continúa sentado frente a su tablero. En ajedrez no basta con mirar dónde están las piezas. Hay que anticipar dónde estarán después. Con los árboles debería suceder exactamente lo mismo.
Antes de plantarlos habría que pensar dónde estarán sus
copas dentro de veinte años, cuánto espacio necesitarán sus raíces, qué agua
demandarán, qué sombra proporcionarán y cómo convivirán con pavimentos, césped
y demás vegetación.
Y habría que imaginar una escena bastante poco académica:
una persona recorriendo el bulevar un día de agosto, a las cuatro de la tarde.
Un biobulevar o bulevar bioclimático no
debería ser simplemente un bulevar con árboles, césped y riego. Debería
utilizar la vegetación como infraestructura ambiental para mejorar el confort
térmico y las condiciones de uso del espacio público. Llamarlo bioclimático es
relativamente fácil. Conseguir que alguien quiera recorrerlo cuando aprieta el
calor requiere algo más.
Y quizá esa sea precisamente la lección que nos ofrece El
Pensador: los árboles, como las partidas de ajedrez, conviene pensarlos
varias jugadas antes de plantarlos.
Jesús Cuenca (Biólogo)
16/09/2026
(*) Los datos se han obtenido de la Sede Electrónica del
Ayuntamiento de Dos Hermanas.
