Esta es ya la tercera entrega de nuestro recorrido por los grandes bulevares de Entrenúcleos. Y, como toda buena trilogía que se precie, tendrá una cuarta entrega. No porque nos haya sobrado material —que tampoco—, sino porque todavía queda por construir el cuarto bulevar y, naturalmente, habrá que esperar a ver qué nos depara cuando llegue el momento. Quién sabe: quizá para entonces hayamos aprendido algunas cosas de los tres anteriores y podamos comprobar si estas enseñanzas se incorporan al siguiente capítulo.
Hasta ahora, el hilo argumental ha sido bastante sencillo: recorrer los bulevares a pie y mirar lo que
realmente ocurre sobre el terreno, más allá de lo que puedan sugerir los
planos, las memorias de los proyectos o las etiquetas con las que después
calificamos estos espacios. En Manuel Clavero Arévalo nos fijamos especialmente
en la relación entre diseño, vegetación, riego y espacio disponible para los árboles;
en Felipe González Márquez seguimos avanzando por esa misma senda para
preguntarnos hasta qué punto un gran espacio ajardinado puede considerarse
realmente una infraestructura bioclimática. Y ahora llegamos al Bulevar José
Rodríguez de la Borbolla, donde el paseo nos ha llevado a mirar hacia abajo,
concretamente hacia el lugar donde los árboles empiezan: su cuello y la base de sus troncos.
Hay varias maneras, bastante sencillas, de comprobar cómo se
mantiene una zona verde. Una de las más reveladoras consiste en dejar de mirar
el conjunto —que siempre luce mejor a cierta distancia— y detener la mirada en
los árboles. No en sus copas, ni en la alineación general, ni siquiera en si el
césped está perfectamente segado. Basta con bajar la mirada hacia la base de
los troncos.
En el Bulevar José Rodríguez de la Borbolla, esa observación
más cercana ofrece una imagen bastante menos amable que la que proporciona una
visión general del espacio: una buena
parte de los árboles presenta daños en la base y el cuello del tronco
producidos por las desbrozadoras de hilo utilizadas para mantener el césped.
El problema resulta especialmente evidente en la doble alineación situada en el flanco oeste, donde jacarandas y brachichitos rojos se distribuyen sobre una amplia banda de césped, aunque resulta similar entre las tipuanas situadas sobre otros parterres de césped. La mayor parte de los ejemplares presenta marcas y cortes en la base de los troncos y, en conjunto, el aspecto del arbolado resulta difícil de calificar como satisfactorio. No hablamos de alguna lesión puntual fruto de un descuido ocasional. La impresión que produce el recorrido es la de un daño repetido y generalizado, consecuencia de una forma de mantenimiento que parece no haber previsto suficientemente la protección de los árboles frente a la maquinaria.
La escena resulta todavía más llamativa cuando se observa lo
que queda de las jacarandas. En numerosos puntos, los ejemplares han
desaparecido y únicamente permanecen los restos de los tocones. Allí donde debería
existir una alineación arbolada que con el tiempo proporcionase sombra y
estructura al paseo, encontramos espacios vacíos y testimonios de árboles que
no llegaron a consolidarse. No sería riguroso atribuir su muerte exclusivamente
a las heridas provocadas por las desbrozadoras sin disponer de un diagnóstico
individualizado, pero tampoco parece razonable ignorar que las lesiones repetidas en el cuello del árbol
constituyen un factor de deterioro que debe evitarse, especialmente
cuando afectan a numerosos ejemplares.
Y aquí aparece una primera paradoja. El bulevar fue
concebido como un gran espacio urbano con zonas verdes, paseos, áreas de
estancia y equipamientos. Sin embargo, una parte de los árboles que deberían
contribuir a construir ese paisaje vegetal parece haber quedado atrapada en una
dinámica bastante menos ambiciosa: plantar, segar, desbrozar y volver a
empezar. El árbol, entretanto, intenta sobrevivir.
El hilo de una desbrozadora no es precisamente una
herramienta de poda de precisión. Cuando entra en contacto con la corteza puede
provocar heridas que, si se repiten, terminan afectando seriamente no solo a
los tejidos protectores del tronco, sino también a los generativos (cambium) y
conductores de savia elaborada (floema). En ejemplares jóvenes, además, una
lesión aparentemente pequeña puede representar una proporción importante de su
perímetro. La corteza no es un elemento ornamental que pueda sustituirse cuando se deteriora. Es una barrera
de protección y su pérdida obliga al árbol a activar mecanismos de defensa y
compartimentación.
Por eso la cuestión no debería reducirse a pedir al operario que “tenga cuidado”. El problema empieza antes, en la propia concepción del mantenimiento. Si para conservar el césped hay que acercar periódicamente una máquina a pocos centímetros de cada tronco, existe un riesgo inevitable de contacto. Y si ese contacto se repite durante años, deja de ser una posibilidad y se convierte en una práctica de deterioro.
La solución tampoco es complicada: una corona de suelo libre
alrededor del árbol, suficientemente amplia; acolchado orgánico o mineral; una
cubierta vegetal compatible o, simplemente, una superficie cuyo mantenimiento
no requiera aproximar una desbrozadora al tronco. Son soluciones habituales en jardinería.
Lo que resulta poco razonable es mantener el césped hasta la corteza y después
considerar que el problema consiste exclusivamente en que el trabajador no debe
tocarla.
El recorrido permite encontrar además otros detalles que
hablan de una conservación poco afinada. En algunos ejemplares adultos siguen instalados los tutores utilizados
durante su plantación. Su función original era proporcionar estabilidad
mientras los árboles jóvenes desarrollaban un sistema radicular capaz de
sostenerlos. Una vez alcanzada la madurez, deberían retirarse. Encontrarlos
todavía junto a árboles adultos transmite una sensación bastante gráfica:
parece que alguien colocó los tutores y después simplemente se olvidó de ellos.
El tutor, como la desbrozadora, no es malo en sí mismo. Lo que resulta cuestionable es mantenerlo cuando ya no cumple ninguna función y puede incluso terminar interfiriendo con el crecimiento del árbol. La arboricultura urbana exige acompañar al árbol durante sus distintas fases de desarrollo, no limitarse a instalarlo y esperar que el tiempo haga el resto.
Algo parecido ocurre con las pérgolas metálicas distribuidas
en algunos puntos del bulevar. En sus bases se han plantado madreselva y bignonia blanca, especies
trepadoras perfectamente capaces, en condiciones adecuadas, de cubrir
estructuras de este tipo. Sin embargo, la realidad ofrece otra imagen: la gran
mayoría de las plantas no han conseguido alcanzar la zona horizontal superior
de las pérgolas y permanecen todavía “escalando” por los postes verticales. La
estructura está ahí, preparada para proporcionar sombra; la vegetación, en
cambio, todavía no ha conseguido ocuparla.
Puede parecer un detalle menor, pero vuelve a plantear la
misma cuestión: una infraestructura
verde no funciona simplemente porque hayamos colocado plantas y estructuras en
el mismo lugar. Hace falta que exista una relación adecuada entre
diseño, especies, volumen de suelo, riego, mantenimiento, crecimiento previsto
y función final.
Y esta última palabra es importante: previsto. Porque un árbol no debería plantarse únicamente pensando en su aspecto el día de la plantación. Hay que pensar en su tamaño adulto, en el volumen de suelo que necesitará, en el agua disponible, en el espacio aéreo, en las labores de mantenimiento y en la función que deberá desempeñar cuando alcance la madurez. Lo mismo ocurre con una trepadora y una pérgola: si queremos sombra sobre la estructura horizontal, debemos garantizar que la planta pueda llegar hasta ella y que el sistema de conducción y mantenimiento acompañe ese crecimiento.
En 2023, el Ayuntamiento valoró específicamente la
conservación del Bulevar José Rodríguez de la Borbolla Camoyán en 140.114,44 euros anuales, dentro de la
ampliación del servicio municipal de mantenimiento de zonas verdes (*). Es una cifra
que invita a formular una pregunta bastante sencilla: ¿qué entendemos
exactamente por conservar una zona verde?
Porque conservar no debería consistir únicamente en que el
césped esté segado, los bordes perfilados y las superficies aparentemente limpias.
Conservar significa mantener vivos y en condiciones adecuadas los elementos
vegetales que justifican que ese espacio sea una zona verde. Y un árbol
necesita mucho más que agua y una poda ocasional: necesita que no lo lesionemos
durante el mantenimiento, que no mantengamos indefinidamente elementos que ya
no necesita y que le proporcionemos unas condiciones que permitan su
desarrollo.
La contradicción resulta evidente. Se habla cada vez más de
infraestructura verde, adaptación climática, sombra, confort térmico y
renaturalización urbana. Pero mientras tanto podemos encontrar árboles dañados
en su base, alineaciones en las que ya han desaparecido ejemplares, tutores que
permanecen junto a árboles adultos y pérgolas cuya vegetación todavía no ha
conseguido cumplir la función para la que fue plantada.
Plantamos árboles
pensando en los próximos treinta años y después los mantenemos pensando en la
próxima siega. Y quizá ahí esté el verdadero problema. El mantenimiento
no debería ser la fase secundaria que comienza cuando termina la obra. En una
infraestructura verde, mantenimiento y diseño forman parte de la misma
operación. Si uno contradice al otro, el resultado termina siendo una colección
de elementos vegetales que pueden estar correctamente plantados sobre el plano,
pero que difícilmente llegan a funcionar como sistema.
El Bulevar José Rodríguez de la Borbolla tiene superficie,
árboles, césped, pérgolas, juegos infantiles, instalaciones caninas y espacios
estanciales y deportivos. Sobre el papel, todos los ingredientes necesarios
para construir un espacio verde de calidad. Pero cuando uno se acerca a los
árboles y observa sus troncos, los huecos dejados por las jacarandas
desaparecidas, los tutores que sobreviven a los ejemplares jóvenes y las
trepadoras que todavía no han conquistado las pérgolas, la imagen cambia.
Y quizá la enseñanza que nos brinda este tercer recorrido
sea tan sencilla como incómoda: una zona verde no se conserva manteniendo
verde el suelo. Se conserva haciendo posible que los árboles crezcan, que las
plantas cumplan su función y que el conjunto mejore con el tiempo. Porque
si después de varios años necesitamos proteger a los árboles de las máquinas
que vienen a mantenerlos, retirar restos de ejemplares muertos y preguntarnos
para qué siguen colocados algunos tutores, quizá el problema no esté en que la
vegetación no haya entendido el proyecto. Tal vez sea el proyecto de
mantenimiento el que todavía no haya entendido del todo a la vegetación.
Jesús Cuenca (Biólogo)
22/09/2026
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